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La única visita del ahora presidente electo Donald Trump a la frontera entre Estados Unidos y México fue a Laredo como candidato republicano a la Casa Blanca y duró menos de tres horas. Algunos días, eso tiempo no alcanza para que los enormes camiones de 18 ruedas cargados de lavaplatos y baterías crucen el paso fronterizo.

La promesa electoral de Donald Trump de abandonar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) le reportó votos en el Rust Belt —el cinturón industrial de Estados Unidos— entre aquellos que sienten que la globalización los dejó atrás. Pero la propuesta genera nerviosismo entre muchos en ciudades como Laredo y El Paso en Texas, o Nogales en Arizona, que crecieron a la sombra del tratado firmado en 1994.

Unos 14,000 trailers cruzan la frontera a diario en Laredo, el puerto interior con más actividad del país. Funcionarios locales dicen que casi uno de cada tres empleos en la zona depende del comercio internacional.

“Somos el NAFTA sobre ruedas”, dijo el alcalde de Laredo, Pete Saenz.

El libre comercio a través de la frontera, explicó, es la “espina dorsal” de esta ciudad de 255,000 habitantes. El demócrata recibió críticas dentro de su propio partido por recibir a Trump en su visita en julio de 2015, después de que el entonces candidato calificó a los migrantes mexicanos de delincuentes y violadores.

El empresario republicano dijo que el NAFTA es “el peor acuerdo comercial aprobado en este país”. Este tipo de declaraciones tuvieron impacto en comunidades muy golpeadas por la industrialización como Greenville, en Michigan, donde Electrolux cerró una fábrica hace una década para trasladar los empleaos a la ciudad fronteriza mexicana de Ciudad Juárez.

Durante su transición a la Casa Blanca, el presidente electo no se ha referido al tratado. Tampoco lo mencionó en un video publicado el mes pasado en el que detallaba sus prioridades para sus 100 primeros días en el gobierno.

Saenz, el telegénico hijo de un campesino, habla de la posible derogación del NAFTA o TLCAN como si fuera un alcalde de una localidad de la región del centro-norte del país que intenta evitar el traslado de una fábrica. Prevé un aumento del desempleo a dobles dígitos, almacenes abandonados y problemas financieros en la ciudad. Laredo se queda con los ingresos de los peajes sobre el puente internacional, que el año pasado ascendieron a unos 60 millones de dólares, según Saenz, para cubrir los gastos de policía y bomberos.

Sus aciagas predicciones no son compartidas por todo el mundo. Incluso los agentes de aduanas que dependen del NAFTA creen que sobrevivirán y que el comercio continuará aunque se anule el pacto.

Pero por ahora, no hay mejor lugar en Estados Unidos para evaluar los efectos del pacto que la ciudad ubicada sobre el Río Bravo.

Aquí es donde comienza la carretera interestatal 35, sobre la cual pasan miles de camiones de carga derecho hacia la frontera con Canadá. Abundan las bulliciosas fábricas industriales de donde salen y entran productos para importación y exportación. Cuatro años después de que NAFTA fue promulgado por el presidente Bill Clinton y aprobado por el Congreso que entonces tenía mayoría republicana, el censo halló que Laredo era la segunda zona del país de más ágil crecimiento económico.

La derogación o la modificación del acuerdo podría afectar severamente a México, el principal socio comercial de Estados Unidos. La mayoría de los economistas estadounidenses no creen que NAFTA tenga una gran incidencia en el mercado laboral del país.

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