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La práctica de tiro de San Antonio transcurre en silencio, salvo por el rechinido ocasional que emiten los zapatos de los jugadores al deslizarse sobre la cancha o por el zumbido del balón que roza la red de la cesta.

Los jugadores están alineados a los costados, desde donde observan la forma en que cada compañero intenta dos tiros libres. Todos se mueven de manera ordenada.

Muy ordenada, sin concursos de disparos desde la media cancha, y sin malgastar la energía.

Es un microcosmos de cómo funcionan los Spurs, de manera simple y efectiva.

“Tratamos de hacer cosas lógicas”, dice el entrenador de San Antonio, Gregg Popovich. “Es en cierto modo lo que nos ha funcionado”.

En una liga donde la premisa suele ser el espectáculo o el glamur, los Spurs simplemente se presentan, hacen su trabajo y normalmente se marchan a casa con la victoria en la bolsa. Y este equipo, ahora vestido de plateado y negro, es quizás el mejor que ha tenido la franquicia con Popovich.

San Antonio ostenta una foja de 45-8, y no hay duda de que tiene la calidad suficiente como para que Popovich abrigue esperanzas de conquistar un sexto anillo.

En toda la liga, ningún entrenador genera más muestras de respeto que Popovich, de parte de sus colegas y de los jugadores. Puede hablar con elocuencia de varios temas, pero se niega rotundamente a revelar los secretos de su éxito en el basquetbol.

Tal vez ésa sea parte de su genialidad.

O quizás, según sugiere el alero David West, no hay muchos secretos que compartir. A mediados del año anterior, “No hay misterios ni nada por el estilo”, indicó. “Es sólo la forma en la que ellos hacen las cosas. Encuentran una fórmula que funciona y se apegan a ésta”.

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