Kinship Center brinda ayuda a familia

POR EDWARD MONCRIEF PARA EL SOL

Mario había estado perdido durante seis días cuando la policía de Capitola llamó a la casa de Lisa y Gilbert Morales en Prunedale para informarles que lo habían encontrado helado, mojado y deshidratado. Podían ir a recogerlo a la estación, así que Gilbert condujo hacia el norte por la autopista 1.

Lisa iba en el asiento del pasajero, emocionalmente exhausta y llena de aprehensión. Le agradeció a Dios que su hijo estuviera vivo. Un niño de 11 años de edad solo en las calles durante todo ese tiempo; cualquier cosa podría haber sucedido.

Mientras la pareja conducía hasta Capitola, la mente de Lisa divagó a lo largo de los años.

El inicio de una familia

En 1993, Lisa y Gilbert, que se habían conocido y casado en San José, se mudaron a Redding. Trataron de iniciar una familia, pero descubrieron que eran infértiles, así que decidieron adoptar a un niño y solicitaron la licencia necesaria.

Así comenzó un proceso de papeleo, entrevistas y visitas que duró 18 meses. Por fin completaron la capacitación necesaria y se les otorgó la licencia para tomar a un niño en cuidado de crianza con intención de adoptarlo. La capacitación, como se dieron cuenta posteriormente, había sido mínima y no los preparó adecuadamente para lo que les esperaba.

Josey, su primera hija, llegó a la casa cuando tenía tres días de nacida. Fue la alegría de sus vidas, todo lo que habían esperado.

Gilbert trabajaba como conductor de una ambulancia en Redding. Una noche, él y su equipo acudieron a una llamada en un fétido departamento. Ahí encontraron a unos padres trastornados y un hogar lleno de estragos, en la miseria y el caos. También encontraron a un bebé que gritaba, con quemaduras y cicatrices, y de manera inexplicable, con los testículos inflamados. La situación afectó profundamente a Gilbert.

Transcurrió un año y adoptaron a Mario, de dos años y medio de edad. Él también parecía ser un niño hermoso y feliz. De hecho, Mario era hermoso, pero no era feliz.

En unas pocas semanas, el niño comenzó a tener problemas. No podía contener su furia y sus arrebatos emocionales. Aunque sus padres adoptivos no se dieron cuenta en ese momento, mostraba señales de una infancia traumatizada y marcada por el abuso y la negligencia. Ellos sobrellevaron la situación de la mejor manera posible, suponiendo que el niño superaría su enfurruñamiento y pataletas diarias.

Problemas de conducta

Pero los arrebatos se volvieron más virulentos. Las peleas, el desafío y el enojo continuaron sin disminuir. Las suspensiones no le afectaban. El niño parecía desarrollarse en el caos. Sus padres comenzaron a temer por la seguridad de Josey, aunque ella era una niña fuerte y mantenía su posición en la casa.

Eventualmente, Lisa se enteró de que si lo hubiera pedido, habría podido ver el expediente médico de Mario antes de la adopción. Nadie le había informado acerca de sus derechos al respecto. Por fortuna, su puesto en la clínica le dio acceso inmediato a estos archivos. Al examinar las páginas del expediente, la horrible verdad acerca de la infancia de Mario la dejó atónita: un padre biológico emocionalmente inestable, una madre drogadicta, abuso sexual, quemaduras y moretones, y los testículos inexplicablemente inflamados.

Lisa llamó a Gilbert. “¿Recuerdas aquella llamada de emergencia que tuviste en Redding, cuándo fue, como un año antes de que recibiéramos a Mario? ¿Pues adivina qué…?” Gilbert escuchó en silencio.

Esa noche se sentaron juntos. Lisa lloró suavemente. Por fin se daban cuenta de por qué los años de amor y apoyo que le habían dado a Mario, los abrazos, las súplicas, las negociaciones, los esfuerzos por convencerlo, los castigos, los “tiempos fuera”, por qué nada de eso había funcionado.

Ahora estaba claro para ambos padres que necesitaban ayuda profesional. Lisa renunció a su empleo y se mudaron a Prunedale.

Comienza la terapia

Liza encontró a una terapeuta familiar en Aptos. Mario comenzó a acudir semanalmente al consultorio y al sillón, que en realidad era una caja de arena. Él y la terapeuta jugaban con muñecos en la arena y platicaban. Después, los padres escuchaban las observaciones y consejos de la terapeuta.

Ella les explicó que Mario estaba asediado por un “trastorno de apego reactivo”. El ambiente disfuncional de su infancia, el caos, el abuso, la negligencia, la horrible conducta de los adultos que había conocido cuando era bebé y hasta los 2 años de edad, lo habían dejado incapaz de crear relaciones normales. Desde el principio, al haberse visto enfrentado con un mundo indiferente e insensible, había aprendido a confiar sólo en sí mismo.

Los trastornos y las expulsiones de la escuela continuaron. Durante el cuarto y quinto grados, Lisa le impartió la enseñanza escolar en casa a su problemático hijo. La terapeuta de Aptos sugirió intervenciones diseñadas a reparar y restaurar el daño psicológico que Mario había sufrido por la falta de cuidados maternos. Animó a Lisa a que lo alimentara con biberón, lo cargara, lo meciera y le cantara para que se durmiera. Ella se esforzó muchísimo por mostrarle cuánto le preocupaba y por satisfacer sus necesidades de la manera más amorosa posible.

La respuesta de Mario a estos esfuerzos fue mínima. Los trastornos y la desconexión continuaron. Él no podía relajarse ni aceptar que era amado. No parecía capaz de preocuparse por las necesidades de nadie, excepto las suyas propias.

Al final, la terapeuta se mudó a otra parte. Los padres pensaron que quizás era momento de tomarse un descanso de psicólogos y orientadores, e inscribieron a Mario en una escuela chárter para el sexto y el séptimo grados.

El control de Mario sobre la dinámica familiar continuó. Lisa empleó los servicios de una nueva terapeuta en Salinas; pronto la mujer se dio cuenta de que no estaba equipada para enfrentar a este astuto joven intrigoso que parecía usar sus sesiones sólo para reunir la información que necesitaba para continuar controlando la situación.

Lisa le dijo a una amiga: “gracias a Dios, esa mujer es una persona sabia y humilde que se dio cuenta de que Mario necesitaba más ayuda de la que ella podía darle”.

La terapeuta refirió a los angustiados padres al Kinship Center, una organización sin fines de lucro de Salinas que proporciona servicios de apoyo a padres y niños adoptivos.

Durante los últimos 30 años, el Kinship Center ha trabajado con familias con problemas. Sus estrategias han evolucionado hasta el punto en que ahora pueden emplear a un equipo de terapeutas profesionales dedicados a proporcionar tratamiento coordinado durante un período extenso de tiempo.

A recoger a Mario

De vuelta en la autopista 1, Lisa y Gilbert alcanzaban a ver las luces del Departamento de Policía de Capitola en la distancia. Lisa volteó a ver a Gilbert. “Creo que ya se dio cuenta de que nuestra asistencia al Kinship Center podría cambiar la situación. Es por eso que se ha estado escapando”.

La pareja salió del auto y se apresuró hacia la oficina donde su hijo los esperaba. Eran las 2:00 A.M. Mario había sido encontrado con hipotermia, deshidratado y semiinconsciente, casi muerto, en el embarcadero. Los saludó extendiendo un brazo para darles un débil abrazo. Para Lisa, ese simple gesto de su hijo siempre huraño e incorregible fue la primera señal de que algo había cambiado.

La familia se inscribió en el proceso “Wrap-Around” del Kinship Center. Un psicólogo actuaba como el facilitador de un equipo de terapeutas. Cada miembro de la familia tenía un orientador asignado. El personal empleaba técnicas que otros terapeutas no conocían o no tenían los recursos para ofrecer. Las intervenciones eran intensas y a largo plazo.

Durante el año del octavo grado de Mario, Lisa y Gilbert lo sacaron de la escuela chárter y lo enviaron a la secundaria North Monterey County. A pesar de la orientación, su conducta pronto empeoró.

A medida que surgían incidentes, virtualmente casi todos los días, los terapeutas estaban ahí para ayudar a la familia a resolverlos solos o juntos, dependiendo de la situación. Los orientadores intervenían personalmente en el hogar, por teléfono, por correo electrónico o durante las sesiones del grupo familiar en el centro. Sin importar lo que fuera necesario, el personal permaneció ahí para apoyarlos y llevarlos hacia una relación más saludable.

Lentamente, Mario cambió. En secundaria comenzó a practicar la lucha. Ahora, el deporte se había convertido en su forma de manejar el enojo. Su conducta y calificaciones mejoraron, pero entre sus compañeros continuaba teniendo una mala reputación. Los otros estudiantes seguían viéndolo como “ese chico raro”.

En 2012, la familia se mudó a Hollister. Eso resultó ser una bendición para Mario. Se graduó de preparatoria en 2014, en presencia de muchos de los miembros de su familia del Kinship Center, que sonreían orgullosos.

Reflexiones de Mario

“Cuando mis padres fueron a recogerme a la estación de policía”, recuerda Mario, “esa fue la primera vez que me reconcilié con el hecho de que iba a necesitar a alguien que me ayudara durante los siguientes años para poder tener algún tipo de vida”.

“Por primera vez”, continuó, “me sentí agradecido de tener una familia que me recogiera y me cuidara. Y esto después de que les había dicho tantas veces que los odiaba y no quería estar con ellos. En una forma extraña, he tenido mucha suerte de haber sobrevivido a todo esto”.

“Por desgracia, hay muchos niños por ahí como Mario, y muchos padres como nosotros, que no sabíamos acerca del Kinship Center”, dijo Lisa Morales.

“Tuvimos suerte de habernos mudado al condado de Monterey y haberlo encontrado. Ellos ahora son nuestros amigos, y si algún día los necesitamos sabemos que estarán ahí para ayudarnos”.