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Adolfo González tiene una pizarra junto a la mesa del comedor en su departamento de Salinas.

Cuando su nieta Kayla tiene algún problema difícil de matemáticas, hace una pausa de sus propios estudios para revisar la ecuación con ella, en español.

Con marcador en mano, hacen cálculos juntos hasta que Kayla, de 11 años, los puede hacer por sí misma.

González, de 58 años, aprendió estos métodos de niño, cuando salió de su comunidad rural en México para mudarse al internado, entonces solo hablaba zapoteco. El internado es una escuela para jóvenes indígenas ubicada en la ciudad. Esto ocurrió antes de que dejara la escuela para irse al norte a los EE. UU. para mantener a su mamá y sus hermanos.

Durante años trabajó en los campos de apio del Valle de Salinas para mantener a su familia.

Sin embargo, el extrabajador agrícola nunca dejó de estudiar. Aprendió inglés en una escuela para adultos. Ahora, justo un año después de que su hija fuera la primera en su familia en obtener una licenciatura, González obtuvo su propia licenciatura.

El 18 de mayo irradió felicidad cuando recibió su título de Licenciatura en Español de la Universidad Estatal de California, Monterey Bay, terminando anticipadamente y habiendo recibido además galardones académicos y de servicio en su trayectoria de estudios.

Ahora espera ayudar a los demás como maestro y defensor de oportunidades educativas.

“Lo más importante para mí no es lo que estoy haciendo ahorita”, dijo. “Lo que más me importa es inspirar a otras personas a hacer lo mismo que yo hice, porque, como dijo César Chávez: ‘Sí se puede’".

“Pienso que es momento de que nuestra comunidad reciba una educación”.

Ser indígena en México

Mientras sus hijas Marie y Blanca no saben hablar zapoteco, González le habla en su lengua nativa a su nieta de 3 meses, Katelyn. Kayla también se sabe algunas palabras.

En específico, les está enseñando zapoteco de la sierra, el dialecto que González hablaba cuando vivía en San Andrés Yaa, una pequeña comunidad en las montañas del estado mexicano de Oaxaca. Es uno de los dialectos que corren más peligro de desaparecer en México.

“Pienso que es muy importante aprender nuestra lengua indígena porque forma parte de nuestra cultura”, comentó. “Forma parte de nuestra identidad”.

González dice que muchos ya no hablan zapoteco, en parte por el racismo existente en ambos lados de la frontera.

México técnicamente garantiza la educación para todos. Pero la realidad es menos clara para González y para millones de personas de las comunidades indígenas, afro-mexicanas o rurales de todo ese país.

La Oficina de Head Start estadounidense dice que las personas de origen indígena en México tienen un acceso limitado a la educación pública, principalmente porque las áreas rurales tienen pocas escuelas y el gobierno invierte poco en la educación en esos lugares. La mayoría no termina la escuela secundaria, el equivalente a la junior high.

Los indígenas mexicanos también enfrentan grandes retos debido a la discriminación, de acuerdo con un estudio de 2011 del Banco Mundial. Tres cuartas partes de las personas de origen indígena viven en la pobreza, en un nivel más extremo que otros mexicanos.

La palabra “Yaa” en el nombre del pueblo de San Andrés Yaa significa verde en zapoteco, y el pueblo natal de González es conocido por las fuertes lluvias que mantienen el verdor del campo.

González fue a la escuela solo durante dos años. A los 8 años de edad, dejó a sus padres en su pueblo natal para irse a la ciudad de Oaxaca, a varias horas de distancia, donde encontró más oportunidades de trabajo y educación, viviendo con una mujer mayor quien lo cuidaba.

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Fue ahí donde aprendió español, junto a otros niños indígenas pobres. Concluyó la primaria, similar a la elementary school. Pero más o menos a los 12 años de edad dejó la escuela.

“Decidí hacer una pausa, no porque quisiera, sino porque necesitaba dinero”, explicó. “Tuve que trabajar para ayudar a mi familia”.

En la ciudad, González aceptó trabajos que iban desde hornear pan hasta pintar, de modo que pudiera enviar dinero a su familia en San Andrés Yaa.

A los 18 años, retomó su educación, pero su padre falleció poco después debido al alcoholismo y González tuvo que dejar la escuela para proveer sustento a su madre y sus hermanos.

Camino hacia el norte

La mayoría de la gente del pueblo de González se va a Los Angeles para tener una mejor vida. Vienen a trabajar en la industria de la hospitalidad, la construcción o como costureros de ropa, entre otros trabajos.

Pero González no tenía conexiones que lo apoyaran en la ciudad. Decidió probar en el trabajo agrícola, donde no tendría que hablar inglés.

González tuvo que adaptarse al campo... él creció en la ciudad de Oaxaca. Pasó una temporada de tomates en el valle de San Quintín, un centro agrícola en la península de Baja California en México, donde trabajan muchos oaxaqueños en la pizca de cosechas en el desierto.

No obstante, California en Estados Unidos era su sueño. Para llegar ahí, González le pagó $20 a un "coyote" para cruzar cerca de San Diego.

“Tomé la decisión de venir a los Estados Unidos como todos, porque es la única manera de poder mantener a nuestra familia”, dijo. “Siempre le había prometido a mi mamá: ‘te voy a comprar una casa’, y lo hice”.

Durante décadas, los indígenas oaxaqueños han sido un componente sustancial del flujo migratorio de mexicanos hacia los EE. UU. Esa cantidad ha crecido exponencialmente desde la década de 1980.

De acuerdo con un estudio de 2018 de los valles de Pajaro y Salinas, 21 % de los encuestados provenían de Oaxaca, la proporción de origen más alta por estado. Más de uno de cada 10 se identificaron como mixtecos, triquis o zapotecos.

Más o menos la mitad de los 120,000 trabajadores agrícolas de origen indígena en California trabajaban a lo largo de la Costa Central, de Oxnard hasta Watsonville, reveló un estudio de 2010.

Gonzáles vino a los EE. UU. después del otoño de 1986, el mismo año que el Congreso aprobó la Ley de Reforma y Control de la Migración, otorgando amnistía a millones de personas que estaban de manera ilegal en el país. Eso cambió la vida de muchos después de estar en las sombras durante años.

Sin embargo, González no era uno de ellos. Llegó solo meses después y no pudo proporcionar, ni comprar, un comprobante de residencia en los EE. UU.

Estuvo sin estatus legal durante años, mudándose al norte, a Salinas, para brevemente pizcar lechuga antes de trabajar 18 años cosechando apio. Se casó con su esposa María en 1992, obteniendo la residencia y finalmente la ciudadanía a través de ella.

Le tomaría a González una década para ver nuevamente a su madre Carmen, de 91 años de edad actualmente. Durante ese tiempo, le escribía en español. Un hombre de su pueblo le traducía las cartas al zapoteco (una lengua que no tiene signos de escritura y solo es hablada) para que pudiera saber cómo se estaba adaptando su hijo a la vida en los EE. UU.

Carmen sigue hablando solo la lengua nativa de González, pero la comunidad ya tiene acceso al teléfono. González la llama por teléfono todos los días. Mientras asistía a la escuela, la llamaba entre sus clases.

La mirada en la educación

Marie recuerda de su infancia que su padre estaba ausente con frecuencia. Debido a que González quería que sus hijas se concentraran en la escuela, él viajaba lejos de su familia siguiendo la ruta de los cultivos.

Cuando estaba en casa, Marie dice que su padre alejaba a los amigos para que ella pudiera estudiar. Repasaban las ecuaciones en una pizarra, como ahora lo hace Kayla, hija de Marie, con su abuelo. Por insistencia de González, Marie con frecuencia escuchaba grabaciones de tablas de multiplicar mientras tomaba una ducha.

Cuando de vez en cuando tomaba clases de inglés en Salinas Adult School, González dejaba de asistir una vez que comenzaba la temporada de apio. Pero más de una década después, tomando clases aquí y allá, finalmente obtuvo su diploma de educación general (GED).

Volverse trilingüe con el inglés también le ayudó. Después de aceptar un trabajo conduciendo camiones, González se inscribió a Hartnell College, donde un orientador le dijo que era demasiado viejo para la escuela y que su inglés no era lo suficientemente bueno.

Desanimado, dejó la escuela.

Pero en 2015, su esposa y Marie lo inscribieron en Hartnell. 

“Estoy muy orgullosa de él”, dijo Marie. “Siempre solía decir: ‘Cuando vayas a Hartnell, vas a terminar lo que yo empecé’". Y yo pensé: "No, ¿por qué? Él tiene que hacerlo".

Marie sugirió que su padre se asesorara con el orientador de Hartnell, Aron Szamos, quien le había ayudado a ella.

Szamos dijo que los estudiantes de mayor edad, dándoles el tiempo, tienden a mostrar un mejor desempeño. Están más concentrados y motivados para completar los requerimientos.

La edad promedio de un estudiante de la escuela universitaria comunitaria es de 29 años. Datos de las Escuelas Universitarias Comunitarias de California mostraron que más del 15 % de los estudiantes tiene más de 40 años de edad.

“Tratándose de un estudiante no tradicional y de mayor edad, que aprendió inglés, me demostró que realmente tenía la determinación de encontrar una mejor vida, para mantenerse a sí mismo y a su familia”, dijo Szamos.

Tuvieron que adaptarse al trabajo de tiempo completo de González en un lavado de autos. También aceptó un trabajo de medio tiempo como tutor, alimentando su deseo de titularse en Español y convertirse en maestro.

En el otoño de 2017, González se graduó anticipadamente de Hartnell con mención honorífica, obteniendo su título vocacional en Español. El siguiente semestre, se trasladó a CSUMB, siguiendo los pasos de Marie.

Conexión familiar

En CSUMB, González iba a clase después de dormir solo cuatro o cinco horas. Los días de escuela empezaban a las 8 a.m. y se quedaba todo el día, tomando una siesta en su auto si necesitaba un descanso.

En solo poco más de un año de estudios acelerados, González encontró una comunidad en el programa de Español de CSUMB.

Su proyecto final, requisito para graduarse, se concentraba en la conservación del idioma español entre generaciones de familias de origen latino, incluyendo la suya. El español de las familias, descubrió González, en gran medida se conserva en casa, a pesar del contacto con el inglés, el estigma social y las políticas dirigidas a limitar el bilingüismo.

Uno de sus cursos obligatorios era el aprendizaje por servicio, en el cual los estudiantes aplican su educación siendo voluntarios. González eligió a Salinas Adult School, donde enseñaba en inglés a estudiantes que estaban sentados donde él alguna vez lo estuvo.

“Es toda una inspiración para los estudiantes porque en él se ven a sí mismos”, dijo el instructor Robert Paden. “Aquí logró ser todo un éxito. Es como el Sueño Americano en el que queremos creer”.

La profesora Christine Fernández de CSUMB dijo que González aprovechó su experiencia para elevar las conversaciones de clase más allá de un texto. Por ejemplo, podía relacionar su tiempo en el campo con las descripciones que hacía el poeta Gary Soto de los trabajadores agrícolas.

“Él es un ejemplo de resistencia y adaptación”, dijo Fernández. “Me ha contado a mí y a sus compañeros de clase sobre problemas con los que se ha topado, relacionados con la adversidad, la perseverancia y abrir brecha en su vida, ya sea como inmigrante, trabajador migrante o en otro contexto, como estudiante de primera generación”.

La próxima generación

Cerca de la pizarra en su departamento, González tiene un archivero de plástico que perfila sus cursos en CSUMB. Ahora hay un espacio adicional para “CBEST”, la Prueba de habilidades educativas básicas de California (California Basic Educational Skills Test) que los aspirantes a educador deben aprobar para poder enseñar.

En su familia, su hija mayor Marie dice que a González le dicen “matadito” o “nerd”.

Planea obtener su maestría en educación, pero su siguiente paso es retribuir. Señala las disparidades que existen para los estudiantes latinos, quienes es menos probable que terminen la universidad que sus compañeros de raza blanca. Y quiere promover la educación bilingüe para que la gente sea más competitiva en una economía globalizada, sin olvidar sus raíces.

Está convencido de que la enseñanza es una manera de ayudar a Salinas, donde ha existido una grave escasez de docentes.

Marie no pudo contener las lágrimas en la graduación del 18 de mayo. Un año antes, ella caminaba sobre el podio mientras González la observaba. Ahora era el turno de él.

“Estoy tan emocionada y orgullosa”, dijo. “Y ahora se puede tomar un pequeño descanso, porque desde que regresó a Hartnell, nunca ha dejado de estudiar”.

Entonces obtuvo su diploma, portando toga y birrete, adornado con honores académicos y reconocimientos de aprendizaje por servicio. Una brillante estola de sarape, honrando a los graduados chicanos y latinos, descansaba sobre sus hombros. "Don Adolfo", exclamaron sus compañeros de clase mientras lo abrazaban uno por uno.

“No es una historia única”, dijo González. “Pero es la historia de mi éxito, de cómo trabajé arduamente para obtener mi educación... Hice esto por mi familia, por mi comunidad”.

La reportera Kate Cimini contribuyó para este artículo.

Contacte al reportero Eduardo Cuevas en ecuevas@thecalifornian.com o al teléfono 831-269-9363. Para apoyar este tipo de trabajo inscríbase aquí.

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California State University, Monterey Bay graduate Adolfo González went from working in the fields to getting his college diploma. Ayrton Ostly and Eduardo Cuevas, Salinas Californian

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