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Muhammad Ali. Mike Tyson. Evander Holyfield. 

Pósteres de los grandes del boxeo cubren las paredes del gimnasio Rock Boxing en East Alisal Street. Ondas de sonido retumban en el recinto.

Pero un boxeador es inmortalizado en esos muros más que cualquiera de esos grandes: el originario de Salinas y campeón mundial, José Celaya. La mayor parte de ese espacio lo ocupan los recuerdos y pósteres del egresado de Alisal.

Pero Celaya no solo está en esos momentos congelados en imágenes de su carrera. 

El mismo Celaya acude al lugar todos los días y ayuda al propietario del gimnasio, Danny Corona, a enseñarles tanto a los practicantes regulares como a los novatos.

Está a 3,000 millas del lugar donde Celaya alcanzó la cima de su carrera, pero las cuerdas, las cuatro esquinas y las campanas que marcan cada asalto han sido como un hogar para él desde que tiene memoria.

“El boxeo”, dijo, “salvó mi vida”.

Más de una década después de alcanzar la fama mundial en el cuadrilátero, Celaya sigue recordando con cariño la emoción de la pelea, al mismo tiempo que lidia con sus consecuencias, porque tiene daño permanente en el ojo izquierdo y dificultades para hablar. Hoy en día, hasta se le puede encontrar cantando con el Coro Comunitario de Hartnell.

Y hoy por hoy sigue subiendo al cuadrilátero, ya que pasa su tiempo transmitiendo sus conocimientos a los jóvenes boxeadores de Salinas.

El campeón tiene un nuevo papel

Su carrera lo llevó a miles de millas de su hogar y a alcanzar una fama mayor de la que muchos de sus colegas jamás soñaron. Voltear a ver el pasado es divertido por la nostalgia, pero Celaya quiere mirar hacia delante.

En 2017, Celaya ingresó al Salón de la Fama del Deporte del Valle de Salinas. El año siguiente, otro salón de la fama agregó a Celaya a sus filas: el Salón de la Fama del Boxeo de California.

“Estoy muy agradecido por lo que Salinas hizo por mí”, expresó. “No me arrepiento de nada... estoy feliz de estar aquí y quiero retribuirlo”.

A veces esa retribución va más allá de lo que hace en Rock Boxing, como cuando habló con los muchachos del Campo Juvenil Rancho Cielo, pero pasa ahí la mayor parte del día ayudando a todos, desde los adolescentes que entrenan para tener la oportunidad de obtener títulos nacionales hasta los chicos nuevos que intentan hacer deporte por primera vez.

Princerey Randolph, de 7 años de edad, se ha convertido en un visitante asiduo en el cuadrilátero con Celaya. Su hermana Aubrey, de 8 años, recientemente participó en una pelea de entrenamiento por primera vez contra Xavier Moreno, de 9 años.

“No pensé que fuera tan difícil como es”, dijo ella.

Pero el entrenamiento con Celaya la ayudó. Después de pelear con Moreno durante tres minutos, Celaya la llevó aparte antes de supervisar a Princerey y su oponente.

“Mantén tus brazos arriba”, le dijo, moviendo sus antebrazos e indicándole cómo defenderse. Cuando ella lo hizo, él corrigió el ángulo de su brazo para que fuera más recto y estable.

La chica pasó el siguiente asalto haciendo la transición entre la defensa y los golpes lanzados con consistencia, protegiéndose de poderosos golpes a la cabeza.

“Él nos ayuda mucho y definitivamente estoy aprendiendo”, dijo Aubrey.

Esa ayuda viene de la experiencia adquirida mucho antes de que ella y su hermano nacieran.

Un peleador natural

Hace veintiséis años, Celaya subió al cuadrilátero para su primera pelea. Tenía 10 años de edad, usaba una camiseta de "Bartman" de Bart Simpson y guantes que parecían yunques acolchados en los extremos de sus delgados brazos.

La definida quijada cincelada y los marcados pómulos ya estaban tomando forma mientras bailaba con destreza en el cuadrilátero, lanzando golpes mucho más poderosos que otros chicos de su edad.

Eso inició dos décadas de lucha para el héroe local.

“Solía ser un chico enojado”, dijo. “En (el boxeo), podía sacar mi enojo”.

“El Cuate” tenía una postura ortodoxa, un alcance por encima del promedio y un foco de atención estrecho en su oportunidad. Haber crecido en el este de Salinas lo hizo mentalmente fuerte, explicó, por lo que se trataba de igualar su fuerza física con esa valentía.

Conforme Celaya ascendía, también lo hacía la tasa de crímenes violentos en Salinas. Para cuando participó en sus primeros combates a nivel profesional en el año 2000, la ciudad había entrado en la lista de los ocho lugares más violentos del estado, de acuerdo con estadísticas del FBI. 

Le preocupaba ser asaltado mientras caminaba por la calle con su hermano. Amigos y compañeros se unieron a pandillas o cayeron en la drogadicción. 

“Algunas personas que conocía se metieron en problemas”, dijo. “Mi amigo pasó de la (correccional para menores) a la cárcel, de la cárcel a la prisión y de la prisión a otras prisiones... eso mismo podía haberme pasado en tantas circunstancias. Sabía que debía mantenerme concentrado en lo que había en (el gimnasio)”.

Esa concentración rápidamente rindió frutos. Logró llegar a las eliminatorias olímpicas en 1999 para competir por la oportunidad de representar a los EE. UU. en los Juegos Olímpicos de Verano 2000 en Sidney, Australia, como suplente. Ese mismo año, se graduó de Alisal High School. 

Estrella del valle en ascenso

“En su apogeo, en ese entonces, no había una figura más importante en Salinas que José Celaya”, dijo George Watkins, quien cubrió la sección de deportes para The Salinas Californian durante 37 años.

Su auge comenzó realmente poco antes de que Celaya pudiera conducir legalmente. El entrenador Max García ayudó al peleador peso wélter a llegar al nivel de campeón, incluso si eso significaba realizar carreras de 10 millas a través de Aptos bajo la lluvia, a pocas semanas de una pelea.

“Fue algo duro, pero importante para permanecer fuerte en la pelea”, dijo Celaya; “(Max y su esposa Kathy) fueron los mejores. Cualquier cosa que quisiera, ellos lo lograron”.

Max se encargaba de los aspectos del entrenamiento, mientras Kathy manejaba los asuntos fuera del cuadrilátero. El 24 de junio de 2000, el trabajo del equipo empezó a rendir frutos. 

Esa noche, Celaya, de 19 años de edad, subió al cuadrilátero en el Hotel y Casino Peppermill de Reno, Nevada. Eso inició una racha de casi cuatro años de continuas victorias en el cuadrilátero, salvo por una derrota por decisión dividida contra Kenito Drake.

“Uno sólo leía, veía y escuchaba cosas sobre él”, dijo Watkins; “estaba por todos lados hacia donde mirara”.

La mayor victoria de todas llegó en un lugar con el cual el originario de Alisal solo podía soñar.

Les había dicho a los García que su deseo era pelear en el Madison Square Garden de la ciudad de Nueva York, conocido como “La Meca del Boxeo” en 1998, antes incluso de buscar un lugar en las Olimpiadas.

“Cuatro años después, eso sucedió”, comentó.

La noche fue el 26 de enero de 2002 y las 20,789 butacas del Madison Square Garden estaban ocupadas para presenciar la pelea preliminar que decidiría quién sería el campeón peso wélter de la Organización de Boxeo de Norteamérica (NABO, en inglés) de la Organización Mundial de Boxeo.

El sudor escurría por la cabeza de Celaya mientras Max lo asesoraba durante su reto más difícil hasta esa fecha. Después de 12 asaltos, su oponente, Freddy Curiel, se retiró a su esquina. El joven de 20 años se convirtió en campeón, y en casa, el Valle de Salinas celebraba.

“Recuerdo haber ido al consultorio médico y en el escritorio (de la doctora) había una foto enmarcada de él”, dijo Watkins. “Como cualquier persona tendría la foto de una mascota o de algún familiar. Le pregunté si era familiar de él y me dijo: ‘No, solo me gusta cómo pelea’”.

Dos veces más, Celaya fue retado a defender el título de peso wélter. Y las dos veces resultó campeón nuevamente.

Pero finalmente las cosas bajaron de ritmo para El Cuate.

En 2006, subió al cuadrilátero dos veces; el 2007 fue un poco más fructífero: tres peleas, tres victorias. Con 31 peleas ganadas y 3 perdidas, Celaya inició el 2008 con una pelea programada: un viaje a la ciudad de León, en México, para pelear contra Julio César Chávez Jr.

Siete asaltos después y el ojo izquierdo de Celaya estaba casi cerrado por la inflamación. Dos golpes casi de nocaut que le propinó Chávez Jr. habían cobrado la factura. Con 51 segundos restantes en el octavo asalto, Celaya se dio por vencido.

“Ahí terminó todo”, dijo Celaya. “Sabía que no podía resistir más”.

“Aquella fue la pelea que lo marcaría”, comentó Watkins. “Ese fue el inicio del fin de su carrera”.

Sobrellevando las consecuencias

Dos derrotas más en 2009 y una más en la Storm House en 2012 fueron sus últimos encuentros.

En total, Celaya participó en más de 200 peleas e incontables sesiones de práctica que llevarían a esas últimas peleas. Su récord profesional fue de 31 victorias y 7 derrotas con 16 nocauts y su marca de amateur fue de 75-17. 

Ese chico con la camiseta de Bart Simpson cruzó el país y se convirtió en el más grande boxeador en la historia del Valle de Salinas en poco más de una década, algo que pocas personas podían haber imaginado esa mañana de hace 26 años.

“He estado en Nueva York, Indiana, Florida, Colorado”, dijo Celaya. “He ido a tantos lugares gracias a esta disciplina”.

Su ojo izquierdo permanece ligeramente cerrado por la pelea contra Chávez Jr. Aún hoy en día le afecta ligeramente la vista.

Su expresión oral es dificultosa, afectada por un caso de disartria, un trastorno del habla causado por debilidad muscular. Esto probablemente esté relacionado con las lesiones acumuladas de numerosos golpes, dijo Jennifer D’Attilio, directora de servicios del habla y del lenguaje del Central Coast Language and Learning Center. 

Las señales de la disartria incluyen un habla con balbuceos o murmullos que puede ser difícil de entender.

“Caundo hablamos, un 90 % de lo que hacemos con nuestra lengua lo hacemos sin pensar”, dijo D'Attilio. “Para las personas con disartria, ese 90 % se vuelve difícil”.

D’Attilio ha estado trabajando con Celaya durante año y medio. Su progreso es notable, pero aún le cuesta trabajo hablar.

“Definitivamente ha mejorado”, comentó D'Attilio. “Ha sido grandioso ver cómo recupera su confianza”.

También se ha dedicado a cantar con el Coro Comunitario de Hartnell para ayudar a controlar el volumen y la articulación de palabras al hablar. Eso está ayudando al excampeón: Celaya habla con mayor claridad después de una práctica o presentación.

Aunque el daño cerebral causa disartria, de acuerdo con la Asociación Americana del Habla, Lenguaje y Audición (ASHA, en inglés), las consultas médicas de Celaya durante varios años no indican que tenga alguna discapacidad cognitiva. 

“Todo está bien aquí arriba”, dijo, señalando su cabeza. “Pero (entenderme) puede ser difícil”.

Un legado duradero

Como las escuelas locales estarán en vacaciones de verano durante las próximas semanas, Celaya y Corona anticipan una gran afluencia de nuevos chicos que buscan probar este deporte.

La compacta estructura de Corona tiene la energía de un resorte en espiral, su voz es uniforme y fuerte. Se acercó a Celaya en 2013 y el campeón le ha estado ayudando con el aumento continuo de estudiantes en Rock Boxing.

“Tengo estos chicos que llegan y desean llegar alto”, dijo. “Ellos lo ven (a Celaya) y sus ojos se iluminan. Pueden escucharme, sí, pero soy un entrenador al que oyen todos los días. Él es diferente”.

Uno de los ejemplos favoritos de Corona es decir a los estudiantes que, si quieren llegar alto, deben levantarse temprano. ¿Qué tan temprano?

“A las cinco de la mañana”, diría Celaya, levantando su mano y extendiendo los dedos.

Este segundo acto de su carrera boxística forma parte de la retribución y agradecimiento a la comunidad que le ayudó.

“(Los entrenadores) Don Familton, los García, (el boxeador) John Bray, (la promotora) Jackie Kallen”, dijo, “mi maestra (de cuarto grado) Barbara Mahaffey, Bob Santos, Justin O'Connor, Israel Salazar, David Chávez, los chicos de JR's Body Shop, la familia Fletes, Jane Albano, Marlen Moreno Márquez... tantas excelentes personas de Salinas”.

“Pelear me salvó”, dijo Celaya. “Si yo puedo ayudar a estos chicos… quiero hacerlo”.

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Alisal native Jose Celaya gained worldwide recognition in his boxing career. Nowadays, he gives back to his community in Salinas. Ayrton Ostly, The Californian

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