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Los pandilleros llegaron el otoño pasado en motocicleta, armados y enmascarados, hasta una casa en el norte de Honduras. Llevaron una sombría advertencia para los ocupantes: Dejen la ciudad en 24 horas, o si no...

Laura María Cruz Martínez, otra madre soltera y los nueve niños a su cargo llenaron bolsas a toda prisa con ropa y objetos personales y salieron camino de la frontera antes del amanecer, dejando su casa abandonada con los muebles y electrodomésticos aún en su lugar.

Nueve meses más tarde vuelven a estar juntas en dos apartamentos contiguos de un barrio obrero en el este de Ciudad de México. No siempre ha sido fácil adaptarse a esta megalópolis de más de 20 millones de habitantes, con su metro abarrotado y su español lleno de regionalismos, pero al menos están a salvo de las pandillas que asolan su país.

Los once consiguieron el pasado marzo estatus de refugiado y asilo en México. Eso los convierte en parte de una creciente oleada de refugiados de Honduras, El Salvador y Guatemala que se instalan allí en lugar de intentar llegar a Estados Unidos, al que muchos ven como cada vez más hostil.

La reubicación de refugiados ha crecido en México al tiempo que descendía la inmigración en Estados Unidos. Las capturas de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos han caído de forma brusca en la frontera, especialmente de menores sin acompañar y familias como la de Cruz.

Durante la presidencia de Donald Trump, las autoridades estadounidenses han intentado reforzar su control de inmigración y reducir el número de refugiados. Thomas Homan, director en funciones del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE por sus siglas en inglés), advirtió la semana pasada de que aquellos que entren en Estados Unidos de manera ilegal “no deben sentirse cómodos” y “deben preocuparse de que alguien los está buscando”.

“Sí creo que hay menos gente que decide poner la vista en Estados Unidos, precisamente porque se ha presentado como un país poco hospitalario”, señaló Maureen Meyer, colaboradora veterana para México de la Washington Office on Latin America, una organización centrada en los derechos humanos.

México recibió en 2015 3,424 solicitudes de estatus de refugiado, una cifra que subió a 8,794 solicitudes el año pasado. Las peticiones ya han superado ese ritmo en lo que va de año, con 5,464 solo entre enero y mayo.

Casi todos los aspirantes llegan del llamado Triángulo Norte de Centroamérica, donde las pandillas son en buena parte libres para aterrorizar a la población y las tasas de asesinato están entre las más altas del mundo fuera de las zonas de guerra abierta. La oficina en México del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) estima que México podría recibir 20,000 peticiones para final de año.

“Estamos hablando de enteras familias, de enteras generaciones hasta 12 ó 15, 17 miembros que llegan a la frontera sur de México”, indicó Francesca Fontanini, portavoz regional de ACNUR. “Obviamente, la respuesta humanitaria tiene que aumentar ante esta avalancha de gente”.

Belize, Costa Rica y Panamá también registraron un aumento a más de 4.300 solicitudes de asilo el año pasado de personas que huían de El Salvador, Honduras y Guatemala.

Cruz, de 40 años, dijo que la amenaza contra su hogar llegó apenas tres horas después de que reportara a la policía que los pandilleros estaban acosando a su sobrina de 16 años en Chamelecon, un suburbio de San Pedro Sula, que está entre las cinco ciudades más peligrosas del mundo. La última gota llegó cuando un líder pandillero dijo a la chica que iba a ser su novia tanto si quería como si no.

“Nosotros teníamos una idea que nosotros queríamos estar largo por la amenaza que nosotros tuvimos”, dijo Cruz Martínez. De modo que a las cinco de la madrugada del 7 de octubre, con ayuda de un dinero reunido por su pastor, subieron a un autobús a Guatemala. Cruzar México y tratar de llegar a Estados Unidos, arriesgándose a la deportación durante todo el camino, parecía innecesariamente arriesgado.

“A otro país no nos podíamos arriesgar porque (si) nos regresaban para nuestro país era muerte segura”, dijo su sobrina, Emma Karina Cruz Velasquez.

En lugar de eso, se entregaron a las autoridades mexicanas en el paso fronterizo de El Ceibo.

Aunque ha perseguido la inmigración irregular en su frontera sur, México se ha visto presionada para que acepte más refugiados. Tanto Naciones Unidas como las autoridades mexicanas atribuyen el aumento en las peticiones de asilo a los esfuerzos del gobierno y las ONG para que los posibles refugiados conozcan sus derechos.

Cada vez más, a Centroamérica llegan las noticias de que es más fácil asentarse en México.

“Si ves la definición de México de quién puede ser apto para recibir asilo, es mucho más amplia que en Estados Unidos”, dijo Meyer. “Si huyes de la violencia generalizada en tu país, podrías cumplir los requisitos para el asilo en México, mientras que en Estados Unidos tienes que demostrar que perteneces a grupos muy concretos de personas”.

El año pasado, México concedió estatus de refugiado a uno de cada tres solicitantes del Triángulo Norte, según datos del gobierno. Otros cientos de personas recibieron permiso para quedarse sin reconocimiento de refugiados.

En Estados Unidos, por el contrario, las personas de esos países tienen algunas de las tasas más altas de solicitudes denegadas _en torno al 80%_, según un análisis del Transactional Records Access Clearinghouse en la Universidad de Syracuse.

Cruz y su grupo pasaron un mes retenidos en instalaciones para inmigrantes en el estado sureño de Tabasco, donde las autoridades mexicanas les hablaron de la posibilidad de pedir asilo. Después se les trasladó a un albergue para inmigrantes en Tenosique, y en una semana se mudaron a un apartamento con asistencia de ACNUR.

Resolver su caso llevó unos cinco meses en total. La ley mexicana requiere que se tome una decisión en 45 días laborales, pero hay retrasos acumulados. Las autoridades estadounidenses están celebrando ahora entrevistas de asilo para las solicitudes presentadas en 2013-14.

La familia se mudó a Ciudad de México en marzo, de nuevo con ayuda de ACNUR, y Cruz encontró un empleo vendiendo material sanitario cerca del centro. Una sus mayores dificultades ha sido acostumbrarse al trayecto diario de 75 minutos en metro y a pie hasta su lugar de trabajo.

En Honduras, las familias vivían en una disputada línea divisoria entre los territorios de dos pandillas rivales, y las balaceras eran habituales. Cruz dejó su trabajo limpiando casas y empezó a vender tamales y horchata desde la casa para poder cuidar de los niños, que tenían prohibido salir de casa solos. Las hijas y la sobrina de Cruz dejaron de ir a la escuela el pasado junio porque el acoso de los pandilleros se había vuelto demasiado intenso.

Ahora viven en un limpio apartamento de dos habitaciones amueblado con sencillez, compartido con una mujer de El Salvador y su hija pequeña que también obtuvieron estatus de refugiadas. Las dos niñas mayores cuidan a los más pequeños y se aseguran de que la cena esté lista cuando Cruz llega a casa de trabajar. Se están preparando para regresar a la escuela en agosto y hacen planes para un futuro brillante.

Emma, cordial y propensa a la risa, quiere estudiar administración de empresas y quizá trabajar en turismo. La hija mayor de Cruz, una chica tímida y seria de 14 años también llamada Laura, quiere ser dentista.

“Lo que impulsa a mí es ver a mis hijas crecer y verlas en un ambiente diferente”, dijo Cruz. “Se mira la diferencia en ellos”

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