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El español sigue siendo el primer idioma de Gilberto y Elvira Villicaña, una pareja de trabajadores del campo proveniente de Michoacán, México. Hasta el día de hoy, Gilberto ha dedicado su vida al trabajo en el campo. Elvira trabajó en las enlatadoras de Watsonville antes de que cerraran y dejaran a miles de trabajadores sin empleo en los valles de Salinas y Pajaro.

Ninguno de ellos tiene una educación formal, solo un profundo deseo de asegurarse de que sus hijos sí la tengan.

Misión cumplida.

La semana pasada, su hija Nancy Reyes, quien es orientadora en la Universidad Comunitaria Hartnell, se graduó de la Universidad Estatal de San Francisco con un doctorado en educación.

El gran logro de Reyes es otro capítulo en la historia de una familia de académicos exitosos, y un testimonio a su investigación doctoral.

Su hermana mayor, Daisy Núñez, tiene una licenciatura en artes y economía global de la Universidad de California en Santa Cruz y una maestría en educación de la Universidad Estatal de San José.

Su hermano más joven, Gilberto Villicaña Jr., tiene una licenciatura en estudios nativo americanos de la Universidad de California en Berkeley (el esposo de Nancy, Jesús Armando Reyes, trabaja para el Programa de Educación a Migrantes de Watsonville y es conferencista del Departamento de Idiomas y Literatura Mundial de la Universidad Estatal de San José).

Los tres hermanos son graduados universitarios de primera generación.

“Mis padres siempre han apoyado mucho nuestra educación. Aunque no hablaban inglés, siempre asistieron a las juntas escolares, hablaban con los orientadores y buscaban segundas opiniones”, dijo Reyes.

Cuando se trataba de la educación de sus hijos no había barreras idiomáticas, agregó. “Mi madre nunca lo vio como un obstáculo para defendernos”.

Reyes ha pasado los últimos tres años estudiando la experiencia de los estudiantes con antecedentes similares a los de ella. Su disertación se titula “El deseo de persistir: voces de estudiantes latinos de primera generación en Universidades comunitarias”.

De manera más específica, Reyes estudió a los estudiantes de familias de trabajadores del campo de bajos ingresos, tanto los que permanecieron inscritos como los que se fueron.

La investigación podría ser invaluable para ella y para sus colegas de Hartnell, informó. Se está planeando una presentación de su estudio.

Aproximadamente el 69 por ciento de todos los graduados de preparatoria de origen latino se inscriben en universidades comunitarias, según la investigación. Sin embargo, los porcentajes de los que obtienen un título asociado o se transfieren a una universidad de cuatro años caen drásticamente.

Reyes se propuso descubrir las razones por las que algunos estudiantes de primera generación se van a montones, mientras que otros permanecen hasta terminar.

En entrevistas con ambos grupos, descubrió que los que se fueron se sentían “invalidados”, “invisibles” y sin experiencia al navegar por las complejidades de las inscripciones y la ayuda financiera, por ejemplo.

Los que tuvieron éxito se sentían validados y apoyados en casa, en el campus y en el salón de clases.

Hacer que un estudiante se sienta bienvenido y apoyado debe ser la prioridad de una institución, desde el rector hasta el profesor y el custodio, informó. Una simple sonrisa, o conocer a un estudiante por su nombre, pueden generar una gran diferencia al eliminar la sensación de aislamiento o distanciamiento, dijo.

Reyes acuñó el término “esperanza para los trabajadores del campo” como un fenómeno social en el cual “los estudiantes obtienen esperanza de la experiencia de sus familias como trabajadores del campo porque internalizan los esfuerzos de sus padres y la educación como un medio para un estilo de vida diferente”.

En su propia familia, Reyes dijo:

“Todo lo que hacemos es para honrar a nuestros padres, para honrar sus esfuerzos. Yo he visto lo difícil que ha sido para mi padre ser trabajador del campo. Él nunca falta al trabajo, excepto para ir a graduaciones. Él estuvo allí para la defensa de mi disertación”.

La dedicación de la familia puede ser el combustible del éxito en la universidad.

Por ahora, con un doctorado en la mano, Reyes dijo que planea permanecer en el nivel de universidad comunitaria. Desea trabajar con los estudiantes a quienes estudió.

“Sin ellos no hay disertación. Ellos son los que me inspiraron”, agregó.

“Mi meta nunca ha sido quedarme con el conocimiento, sino compartirlo. Mi experiencia (educativa) fue tan positiva y hermosa para mí. Siempre pensé que obtener un doctorado estaba fuera de mi alcance.

“Mi propósito es servir a mi comunidad, a Watsonville y a Salinas, y ver que más estudiantes se gradúen”, dijo.

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